Libros sapienciales y poéticos

Sabiduría

Capítulo 19

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    Pero sobre los impíos descargó hasta el fin una ira despiadada, porque Dios sabía de antemano lo que iban a hacer:

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    que, tras dejarlos marchar y urgirlos con prisas, cambiarían de parecer y saldrían a perseguirlos.

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    De hecho, aún estaban en los funerales y llorando sobre las tumbas de los muertos, cuando concibieron otro plan disparatado, y a los que antes habían suplicado para que se fueran, los persiguieron como fugitivos.

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    Su merecido destino los arrastraba a tales extremos y los hacía olvidarse del pasado, para que completaran el castigo que aún faltaba a sus tormentos

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    y, mientras tu pueblo realizaba un viaje maravilloso, encontraran ellos una muerte insólita.

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    Porque toda la creación, obediente a tus órdenes, cambió radicalmente su misma naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos.

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    Se vio una nube que daba sombra al campamento, la tierra firme que emergía donde antes había agua, el mar Rojo convertido en un camino practicable y el oleaje impetuoso en una verde llanura,

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    por donde pasaron en masa los protegidos por tu mano, contemplando prodigios admirables.

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    Pacían como caballos, y retozaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.

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    Todavía recordaban lo sucedido en su destierro: cómo la tierra, y no los animales, produjo mosquitos, y cómo el río, en lugar de peces, arrojó multitud de ranas.

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    Más tarde vieron también un nuevo modo de nacer las aves, cuando, acuciados por el apetito, pidieron manjares exquisitos

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    y, para satisfacerlos, salieron del mar las codornices.

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    Y los castigos cayeron sobre los pecadores, no sin el previo aviso de violentos rayos, pues justamente sufrían por sus propias maldades y por haber albergado el odio más feroz contra los extranjeros.

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    Hubo quienes no acogieron a unos visitantes desconocidos, pero estos esclavizaron a unos huéspedes bienhechores.

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    Más aún —y de eso se les pedirá cuentas—, acogieron hostilmente a los extranjeros;

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    pero estos, después de recibir con agasajos a los que gozaban de los mismos derechos que ellos, los maltrataron con trabajos terribles.

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    Y también fueron heridos de ceguera, como aquellos que a la puerta del justo Lot, envueltos en densas tinieblas, buscaban cada uno la entrada de su puerta.

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    Los elementos se intercambiaban sus propiedades, igual que los sonidos del arpa pueden cambiar el ritmo, manteniendo la misma tonalidad. Y esto se deduce claramente a la vista de lo sucedido;

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    pues los seres terrestres se volvían acuáticos, y los que nadan se paseaban por la tierra.

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    El fuego aumentaba en el agua su propia fuerza y el agua olvidaba su poder extintor.

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    Las llamas, por el contrario, no consumían las carnes de los débiles animales que entre ellas caminaban, ni derretían aquella especie de manjar divino, parecido a la escarcha y tan fácil de derretir.

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    En todo, Señor, engrandeciste y glorificaste a tu pueblo, y no dejaste de asistirle en todo tiempo y lugar.