Libros históricos
2 Macabeos
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Simón, a quien antes mencionamos como delator de los tesoros y de la patria, calumniaba a Onías como si este hubiera maltratado a Heliodoro y fuera el causante de los desórdenes;
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y se atrevía a decir que el bienhechor de la ciudad, el defensor de sus compatriotas y celoso de las leyes, era un conspirador contra el Estado.
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A tal punto llegó la hostilidad, que hasta se cometieron asesinatos por parte de uno de los esbirros de Simón.
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Entonces Onías, considerando que aquella rivalidad era intolerable y que Apolonio, hijo de Menelao, gobernador de Celesiria y Fenicia, instigaba a Simón al mal,
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acudió al rey, no como acusador de sus conciudadanos, sino como tutor del bien común y particular de todos.
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Pues bien veía que sin la intervención del rey era ya imposible pacificar la situación y detener a Simón en sus locuras.
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Cuando Seleuco dejó esta vida y Antíoco, por sobrenombre Epífanes, comenzó a reinar, Jasón, el hermano de Onías, usurpó el sumo sacerdocio,
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después de haber prometido al rey, en una conversación, diez mil kilos de plata, más otros dos mil kilos de rentas.
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Se comprometía además a firmar el pago de otros cuatro mil kilos, si se le concedía la facultad de instalar por su propia cuenta un gimnasio y una efebía, así como la de registrar a sus partidarios como ciudadanos antioquenos en Jerusalén.
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Con el consentimiento del rey y con los poderes en su mano, pronto cambió las costumbres de sus compatriotas conforme al estilo griego.
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Suprimiendo los privilegios que los reyes habían concedido a los judíos por medio de Juan, padre de Eupólemo, el que fue enviado en embajada a los romanos para un pacto de amistad y mutua defensa, y abrogando las instituciones legales, introdujo costumbres nuevas, contrarias a la ley.
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Así pues, fundó a su gusto un gimnasio bajo la misma acrópolis e indujo a lo mejor de la juventud a uniformarse según costumbre griega.
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Era tal el auge del helenismo y el progreso de la moda extranjera a causa de la extrema perversidad de aquel Jasón, quien tenía más de impío que de sumo sacerdote,
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que los sacerdotes ya no sentían interés por el servicio al altar, sino que menospreciaban el santuario; descuidando los sacrificios, en cuanto se convocaba el campeonato de disco, se apresuraban a tomar parte en los ejercicios de la palestra contrarios a la ley;
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sin apreciar en nada la honra patria, tenían por mejores las glorias helénicas.
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Por esto mismo, una comprometida situación los puso en aprieto y tuvieron como enemigos y verdugos a los mismos cuya conducta emulaban y a quienes querían parecerse en todo.
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Porque no queda impune quien viole las leyes divinas; así lo mostrará el tiempo sucesivo.
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Cuando se celebraban en Tiro los juegos quinquenales, en presencia del rey,
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el contaminado Jasón envió unos legados antioquenos como representantes de Jerusalén, que llevaban consigo trescientas dracmas de plata para el sacrificio de Hércules. Pero los portadores pensaron que no convenía emplearlas en el sacrificio, sino en otros gastos.
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Y así, el dinero que estaba destinado por voluntad del donante al sacrificio de Hércules, se empleó, por deseo de los portadores, en la construcción de trirremes.
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Cuando Apolonio, hijo de Menesteo, fue enviado a Egipto para la entronización del rey Filométor, Antíoco se enteró de que este se había convertido en adversario político suyo y comenzó a preocuparse de su propia seguridad; por eso, pasando por Jafa, se presentó en Jerusalén.
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Fue magníficamente recibido por Jasón y por la ciudad, e hizo su entrada entre antorchas y aclamaciones. Después de esto llevó sus tropas hasta Fenicia.
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Tres años más tarde, Jasón envió a Menelao, hermano del ya mencionado Simón, para llevar el dinero al rey y gestionar la negociación de asuntos urgentes.
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Menelao se hizo presentar al rey, a quien impresionó con su aire majestuoso, y logró ser investido del sumo sacerdocio, ofreciendo nueve mil kilos de plata más que Jasón.
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Provisto del mandato real, se volvió sin poseer más méritos para el sumo sacerdocio que el furor de un cruel tirano y la fiereza de una bestia salvaje.
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Jasón, por su parte, suplantador de su propio hermano y él mismo suplantado por otro, se vio forzado a huir al territorio amonita.
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Menelao tenía ciertamente el poder, pero nada pagaba del dinero prometido al rey,
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aunque Sóstrato, el alcaide de la acrópolis, se lo reclamaba, pues a él correspondía percibir los tributos. Por este motivo, ambos fueron convocados por el rey.
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Menelao dejó como sustituto del sumo sacerdocio a su hermano Lisímaco; Sóstrato a Crates, jefe de los chipriotas.
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Mientras tanto, sucedió que los habitantes de Tarso y de Malos se sublevaron por haber sido cedidas sus ciudades como regalo a Antióquida, la concubina del rey.
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Fue, pues, el rey a toda prisa, para poner orden en la situación, dejando como sustituto a Andrónico, uno de los dignatarios.
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Menelao se aprovechó de aquella buena oportunidad; arrebató algunos objetos de oro del templo y se los regaló a Andrónico; también logró vender otros en Tiro y en las ciudades de alrededor.
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Cuando Onías llegó a saberlo con certeza, se lo reprochó, no sin haberse retirado antes a un lugar de refugio, a Dafne, cerca de Antioquía.
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Por eso, Menelao, a solas con Andrónico, le incitaba a matar a Onías. Andrónico se llegó adonde estaba Onías y, confiando en la astucia, estrechándole la mano y dándole la mano derecha con juramento, convenció a Onías de salir de su refugio, aunque a este no le faltaban sospechas. Inmediatamente le dio muerte, sin respeto alguno a la justicia.
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Por este motivo no solo los judíos, sino también muchos de otras naciones se indignaron y se irritaron por el injusto asesinato de aquel hombre.
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Cuando el rey volvió de las regiones de Cilicia, los judíos de la ciudad, junto con los griegos que también odiaban la violencia, fueron a su encuentro para quejarse de la infame muerte de Onías.
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Antíoco, hondamente entristecido y movido a compasión, lloró recordando la prudencia y la gran moderación del difunto.
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Furioso, despojó inmediatamente a Andrónico de la púrpura y le desgarró sus vestiduras. Lo hizo pasear por toda la ciudad hasta el mismo lugar donde tan impíamente había tratado a Onías; allí hizo desaparecer de este mundo al criminal, a quien el Señor daba el merecido castigo.
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Lisímaco había cometido muchos robos sacrílegos en la ciudad con el consentimiento de Menelao y la noticia se había divulgado fuera; por eso la multitud se amotinó contra Lisímaco, cuando eran ya muchos los objetos de oro que habían desaparecido.
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Como las turbas estaban excitadas y en el colmo de su cólera, Lisímaco armó a cerca de tres mil hombres e inició la represión violenta, poniendo por jefe a un tal Aurano, avanzado en edad y no menos en locura.
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Cuando se dieron cuenta del ataque de Lisímaco, unos se armaron de piedras, otros de estacas y otros, tomando a puñados la ceniza que allí había, cargaron en tropel contra las tropas de Lisímaco.
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De este modo hirieron a muchos de ellos y mataron a algunos; a todos los demás los pusieron en fuga y al mismo ladrón sacrílego lo mataron junto al tesoro.
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Por estos hechos se instruyó proceso contra Menelao.
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Cuando el rey llegó a Tiro, tres hombres enviados por el Consejo de ancianos presentaron ante él su alegato.
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Menelao, perdido ya, prometió una importante suma a Tolomeo, hijo de Dorimeno, para que convenciera al rey.
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Entonces Tolomeo, llevando al rey aparte a una galería como para tomar el aire, le hizo cambiar de parecer,
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de modo que absolvió de las acusaciones a Menelao, el causante de todos los males, y, en cambio, condenó a muerte a aquellos infelices que deberían haber sido absueltos, aunque hubieran declarado ante un tribunal bárbaro.
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Así que, sin dilación, sufrieron aquella injusta pena los que habían defendido la causa de la ciudad, del pueblo y de los vasos sagrados.
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Por este motivo, algunos tirios, indignados contra semejante iniquidad, prepararon con magnificencia su sepultura.
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Menelao, por su parte, por la avaricia de aquellos gobernantes, permaneció en el poder, creciendo en maldad, constituido en el principal adversario de sus conciudadanos.